1º PREMIO DE RELATOS

 FERIA DEL LIBRO

 LA ESENCIA DE VIVIR

   Larkin, con veinte años, tenía todo lo que deseaba tener. Su familia, descendiente de la dinastía otomana de Selim en la Turquía del siglo XVI, era inmensamente rica y desde pequeño todos sus deseos eran cumplidos de forma inmediata. La mayoría de sus sirvientes lo consideraban demasiado orgulloso. Algún rumor -sobre todo del sur-decía  que  sus  ojos  eran tan arrogantes que su mirada provocaba que la gente se arrodillara ante él. Todo eso era, naturalmente, una exageración, pero, no obstante, había algo en el carácter de Larkin que notaban todos los que le trataban y que a todos asustaban: su excesiva fuerza de voluntad. Por suerte ésta sólo se manifestaba de vez en cuando, pues en general Larkin actuaba con indolencia, no demostraba ningún interés concreto y parecía carecer totalmente de temperamento.

     Un día,  en uno de sus habituales paseos por el campo, tropezó con la joven más hermosa que había visto jamás en toda su vida y, sin ningún tipo de rodeos, acostumbrado a conseguir siempre lo  que  pretendía,  le  pidió matrimonio sin mediar palabra alguna de antemano; la mujer, asustada, se apartó de su lado y se alejó corriendo. Larkin permaneció un instante inmóvil y sorprendido, al cabo del cual se dirigió a su mansión a reflexionar lo ocurrido. En su mente no cabía un "no" por respuesta.

 Al día siguiente, mandó a sus criados indagar el paradero de la bella muchacha a la ciudad y al campo, pero todQs los intentos resultaron  fallidos.  Transcurrió mucho tiempo, para desesperación de Larkin, hasta que cierto día uno de sus criados le informó de buenas y malas noticias: por fin había encontrado a la joven pero resultó encontrarse en un pésimo estado. Inmediatamente, el desafortunado muchacho se hizo con los servicios del mejor médico de la ciudad y se dirigió a la casa donde vivía la mujer de sus sueños. Cuando llegó fue  recibido  con  una  tristeza manifiesta en el rostro de los padres, que se quejaba de su mala fortuna y rezaban con la esperanza de poder ver reestablecida a su hija. Un cuidadoso examen del médico reveló la acusada gravedad de  la  joven.  Desde  ese  día permaneció Larkin postrado en el suelo junto a la cama de su amada; ésta, extrañada de sus cuidados y  atenciones, pero al mismo tiempo feliz de que él se encontrara allí, se sintió unida a él para siempre -sentimiento recíproco-, hasta que llegó el día destinado para su muerte.

 No había forma de describir el dolor de Larkin en el momento en que ella respiró por última vez, sus ojos arrogantes y orgullosos se nublaron de lágrimas y melancolía.

-   "Alá se la ha llevado porque era buena y quiere tenerla cerca de él". Decía el padre.

-   "No hay mejor sitio que a mi lado ni existe ningún Dios en el mundo que  la  quiera  más que  yo". Respondió Larkin que, dicho esto, abandonó el lugar con sus sirvientes para regresar a su mansión donde se encerró a meditar. Ahora la vida no tenía ningún sentido para él; a lo largo de todos los años de su existencia había obtenido todo lo que ambicionaba, pero ahora, lo que más había deseado, desaparecía para siempre. La religión, Alá, Dios, eterno, providencia; todo esto carecía de significado para Larkin, en cuya mente se iba desarrollando una idea que desembocaría, meses más tarde, en un largo y solitario viaje por el continente africano.

 Vendió  todas  sus pertenencias, lo que desencadenó en su familia y en las gentes de la ciudad un vendaval de protestas. No tan sólo las clases bajas y medias de la región expresaron unánimemente su repulsa ante tal falta de séntido de la tradición y de la clase a la que pertenecía, la cuestión de debatió durante varios días en la aristocracia; incluso entre los  gobernantes  y  políticos, abundaron  las  acaloradas discusiones en torno al tema de si un personaje de tal calaña merecía o no llevar la sangre del gran Selim. Pero la realidad era que todo ese escándalo suscitado le conmocionó más bien poco a Larkin. Estaba totalmente decidido a realizar el viaje y emprendió la marcha en él instante que tuvo todo preparado.

 Durante varios años viajó por el continente africano sin un rumbo preciso, guiado más bien por el capricho y el azar, hasta que se despertó en él un afán de curiosidad por las costumbres y tradiciones de los pueblos indígenas meridionales del viejo país de Botswana, donde quedó cautivado por el culto a la naturaleza que rendía el pueblo Lehututu, situado en la región de su mismo  nombre.   Estableció comunicación  con  esta  vieja civilización e incluso empezó a convivir con ellos, cosa fácil dada la pacífica y humilde personalidad que mostró Larkin a estos esclavos de la libertad y la naturaleza. Pronto se habituó a los bailes nativos, aprendió la lengua de la que  él  consideraba  su  nueva familia, acicaló su cuerpo con maquillaje y adornos ganándose la amistad  de  estos  singulares aborígenes. En una gran ceremonia pensada  para  la  ocasión,  le nombraron parte de la tribu y le impusieron un progenitor, Bumbuli, que se encargó de que Larkin completara sus conocimientos sobre la cultura Lehututú. Pasado un tiempo, su protector entró en su choza y le dijo:

 - "Werda -el nuevo nombre de Larkin que significaba amigo-, llevas con nosotros mucho tiempo ya, pero nunca nos has contado nada de tu país y de tu vida. Mi curiosidad ha ido creciendo día a día; dime Werda, )Cómo es tu gente?".

 - "Creeme si te digo que siento mucho  la  curiosidad  que  te acompaña, Bumbuli, pero has de saber que en lo que mi país llaman civilización, no es sino el caos, la guerra y la tiranía de un gobierno que enriquece a unos pocos y empobrece a una gran mayoría. La naturaleza que aquí es protegida y venerada  por  nosotros,  es maltratada y olvidada allí de donde vengo. Y si esto no satisface tu curiosidad, has de saber también que mi pueblo idólatra a un supuesto ser superior bondadoso al que llaman Alá, y del que sólo la fe hace creer en su existencia. En cuanto a mi vida, no me es grato recordarla, ya que fueron muchas mis equivocaciones a lo largo de los años que viví con los de mi raza.  Espero  sinceramente Bumbuli, que todo esto que te he contado  te  haga  olvidar  para siempre  cualquier  afán  de curiosidad  por  esta  sociedad avanzada desde su punto de vista, pero imperfecta e impura desde el mío y, a partir de ahora, espero que también desde el tuyo".

 - "Creo que ya sé todo lo que quería saber sobre tu gente, Werda, y puedo asegurarte que a mí tampoco me agrada lo que llamáis civilización". Dicho esto abandonó la choza orgulloso de su forma de vida y de todo lo que le rodeaba.

 Fueron pasando los años y Bumbuli llegó a ser jefe de la tribu. En todo este tiempo la sabiduría de Larkin había crecido mucho, y en su mente existía toda úna filosofía naturalista de vida que la sociedad habría calificado como utópica y venática. Esta sabiduría de Werda era  muy  apreciada  por  los oriundos,  que  escuchaban atentamente  sus  palabras  y empezaban a ver en él una especie de jefe espiritual. Pero ocurrió que un día, y en una edad no muy avanzada,  Larkin  enfermó gravemente. Esto produjo una gran conmoción en la tribu Lehututu, principalmente en Bumbuli, que había confiado en él como su sucesor de jefe del pueblo. Llegó la hora de su muerte y la tristeza llenó el ambiente indígena. El silencio reinó en el lugar durante varios días, y la figura de Werda se iba alzando poco a poco como un Dios entre los aborígenes...

    Hoy día, la civilización ha llegado a todas partes, incluso a los rincones  más  apartados  de Botswana  donde  los africanos lehututus conviven con coches, armas, dinero y otros elementos integrantes de la sociedad. Aún así, los hombres que llegan hasta allí siguen asombrándose de que este peculiar pueblo adore a un Dios blanco,  llamado  indistintamente Larkin -nombre de origen turco- o Werda.  La  mayoría  de  estas personas creen que pudo ser un misionero que tomaron por un Dios, pero hay algunos pocos que piensan que tuvo que ser un hombre admirable el cual llegó a comprender verdaderamente lo más natural  del  ser  humano,  que convivió en este apartado lugar con esta primitiva cultura porque aquí podía vincularse para siempre con su propio Dios, la naturaleza más pura.

 Todavía se puede ver y leer todo lo que queda de Larkin en esta región: unos versos de Whitman grabados en el tronco de un gran árbol monzónico que dicen así:

 "Querido amigo, quien quiera que seas acepta este beso, Especialmente te lo doy. No me olvides, Me siento como aquél que ha terminado la tarea del día y se retira a descansar, Vuelvo a recibir uno de mis innumerables tránsitos, asciendo de mis  avatares;  más  otros in4udablemente me esperan, otros esperan por mí. Una esfera  desconocida y más real que la que soñé, más directa, arroja sobre mí dardos que me despiertan. (Hasta luego! Recuerda mis palabras, tal vez, yo vuelva, Te amo, abandono lo material, Soy  como  algo  incorpóreo, triunfante, muerto."

FRANCISCO   MANUEL  MARTINEZ CAÑADAS.

CURSO:       5ºA.

RAMA:       ADMINISTRATIVO.