DE VOCACIÓN PROFESOR
Giré el pomo de la puerta, totalmente manchado de chicle, y poco a poco me introduje en aquella selva de salvajes armados de papel, capuchones de bolígrafo y comentarios mordaces.
Buenos días, dije como cada mañana, aunque nunca tuve buenos días con aquella clase de 1º........ Bueno, era un primero cualquiera y por lo tanto debía ponerme duro en lo posible, soltar el rollo y pasar de todos.
Como es natural no tuve respuesta a mis buenos días, así que me senté y abrí mis apuntes por..... "¿por donde vamos?" pregunté. Todos se miraron y tras unos cinco minutos se decidieron por la página 53, que al parecer salió por azar.
¡Oh no! La página 53 era la que mas aborrecía, tendría que hablar de la batalla de .... daba igual, me la sabía de memoria, así que la recité mientras miraba a cualquier punto de la clase que no fuera una de las cabezas de esos niños que me observaban con aspecto de buscarme defectos para posibles motes.
Uno de ellos, quería llamarme la atención ligeramente poniéndose de pié encima de la mesa y gritando "profesores fuera" o algo así.
Al terminar con la 53, pasé a la 54 y así hasta que todos comenzaron a mirarse los relojes, signo de que estaban desesperados contando cada centésima de segundo.
En ese momento, yo me recreaba y se me hacía la boca agua, viendo que todavía faltaba media clase por dar.
- ¿Puede repetir?, oí desde el fondo, de la clase.
- ¿Quién a dicho eso?, pregunté yo totalmente, escéptico, tanto que me levanté y corrí hacia el chico, que en la lejanía aparecía con un bolígrafo en sus manos, una hoja y algo (que no eran dibujos obscenos) escrito en ella. ¡Aparentemente alguien recogía apuntes!.
- ¿Tu has preguntado si podía repetir?, ¿tu eres el que está cogiendo apuntes?, ¿Últimamente has perdido el juicio o has tenido fiebre?, ¿Apuntes de verdad?, ... Fueron algunas de las 1024 preguntas que le realicé.
- Bueno sí, estaba cogiendo apuntes.- aclaró el chico mientras sus compañeros lo miraban con cara de asco y repugnancia, totalmente convencidos de que se encontraban ante alguien a quien despreciar y algunos incluso empezaron a maquinar en sus cabezas posibles futuras burlas y apodos.
Al ver que no podía hacer otra cosa lo expulsé de clase para siempre, ¡a ver, que iba a hacer!, no iba a cambiar mi postura cómoda de llegar y sentarme a recitar sin que nadie me hiciera caso, ¡claro que no!.
Ese día caí simpático a algunos de mis alumnos que me aplaudieron y me sonrieron, aunque todos me aclararon que por ese día tan sólo.
La campana que anunciaba el final de la clase sonó para los alumnos de forma celestial..
Recogí, mis apuntes, mis libros, mi orgullo, y salí al pasillo hacia el seminario donde mis compañeros y yo conversaríamos sobre hazañas escolares. Por un momento pensé si mi postura tenía algo que ver con la horrible marcha del rendimiento escolar del Instituto, pero ante estos pensamientos decidí que antes de ir al departamento me pasaría por cafetería.
José Manuel Sánchez Benítez.