UN AMOR CIEGO
Está amaneciendo. Estoy sentado frente a mi ventana. Está nevando. Hace frío, y el radiador no funciona. Es uno de esos días en que la ,cama parece tentarte, para que pases en ella las veinticuatro horas, uno de esos días que se esfumarán sin dejar rastro en tu memoria.
Cuando un amanecer así me da la espalda de esa manera, suelo sentarme frente a la ventana y en mi cabeza va pasando, cómo si de una película se tratase, la historia de Sergio y Verónica. Me gustaría empezar diciendo que no es una historia corriente, no es un drama, ni un tragedia, ni una historia cómica; es una historia de amor. Pero no una cualquiera, ni una que pretenda arrancar lágrimas que no desean salir: es una peculiar historia que, al leerla, puede hacerte pensar o puedes olvidar si eres, de esa clase de personas que no tienen tiempo de escuchar nada que no tenga que ver con su vida.
La historia ocurrió un año ya perdido, y se sitúa en cierta ciudad de la que sólo recuerdo pocos detalles: sus calles limpias, edificios antiguos y pequenos, y una pequeña plaza ocultada a los ojos del sol por una imponente catedral. En una casa cercana a la plaza vivía Sergio, nuestro protagonista; de familia media, había nacido el último de cuatro hermanos, y era el que mejor había tratado la vida en sus primeros veinte años. Era un hombre algo delgado, guapo, de tez blanca y ojos claros. Su pelo largo contribuía a resaltar más su atractivo. De pequeño, era uno de esos chicos que se quedaban un momento observando la luna desde el balcón antes de acostarse, uno de esos tímidos chicos que pensaban que el mundo tenla solución. Sus hermanos, más amigos de la televisión y del "carpe diem" que él, no se preocupaban de otras personas que no fueran ellos mismos, y por eso, Sergio se sentía diferente. Estudió mucho, superando fácilmente a sus hermanos en todas las materias. Ocurrió todo tan rápido que llegó a ser médico antes de perder su virginidad, porque Sergio, a.pesar de ser "raro", salía con chicas de vez en cuando, aunque sólo por diversión, pues no había mujer que despertara en él un instinto de pasión o de amor que no fuera sexual.
Su pasión por la medicina había comenzado en una temprana edad, y
dependió exclusivamente de su obsesión por ayudar a las personas. Sus padres estaban muy contentos con él y sólo pensaban en que algún día se casara y tuviera hijos. Sus hermanos, ya mayores, habían seguido caminos muy distintos si bien ya estaban casados y tenían hijos y no estaban tan bin situados como su hermano pequeño.
Sergio había ido escalando puestos en su trabajo hasta situarse como jefe en la sección,de retrasados mentales (que poco le gustaban esas palabras) de una pequeña residencia-escuela que pertenecía a un gran hospital, enclavado a una corta distancia de su ciudad natal.
Allí permaneció, regalando años de su vida a las personas afecta das por el "Síndrome de Down" que vivían en la residencia abandonados, y allí conoció a Verónica. Ocurrió un invernal día de primavera: Sergio tenía que recibir a un nuevo paciente y, como solía hacer, fue a conocerlo al salón donde estaba situada la entrada. Primero vio a los padres, marchitados por los años, y luego a ella: era una mujer adulta, con un oscuro y a la vez atractivo rostro, de físico bien cuidado; tenía el pelo largo y castaño, mediana altura y tenía el "Síndrome de Down". Sus padres eran ya mayores, y no podían cuidar de su hija como antes, por eso la trajeron a la residencia, para que recibiera las atenciones que ellos no podían darle y para que, la prepararan para afrontar la especial vida que tenía por delante. Después de haberle dado la enfermera los datos del nuevo paciente, Sergio habló con sus padres a solas. Estos, le explicaron lo difícil que les resultaría, avanzar con ella; era una mujer que hablaba poco, no parecía asumir su enfermedad, y veía hacer cosas a la gente que no podía hacer ella sin entenderlo, aunque en lo más hondo de su mente, podía llegar a comprender su inferioridad sin que, probablemente, le encontrara un porqué.
Después de arreglar los últimos detalles, padres e hija se despidieron, y Sergio acompañó a Verónica a su habitación-sin dejar',de mirarla; le parecía tan distinta de los demás...
A partir de entonces, y poco a poco, un interés especial por Verónica se apoderó de Sergio. Empezó a visitarla regularmente, primero unos minutos, luego una hora, hasta llegar varias horas por día, pero sólo conseguía que le saludase y que asintiera a todo lo que el decía; Sergio estaba cada vez mas fascinado, y cada día le intentaba robar, mas palabras, que no fueran saludos o simples afirmaciones o negaciones. Le iba contando cosas sobre su vida, sobre el mundo, y sobre la igualdad de todo ser humano en todos los sentidos; Verónica, mientras, se mostraba sosegada, tolerante, amistosa, y ante cualquier tontería esbozaba una sonrisa. Ante una tragedia que había visto por televisión se volvía triste y compasiva pero sólo duraba unos segundos, ya que su simplicidad
ante las cosas hacía que surgiera de nuevo un encantador rostro de esperanza.
Día a día, Sergio iba recibiendo de ella la confianza que él le daba, y fue conociéndola mejor, ayudándola a comprender las cosas que nadie entiende. Empezó a sentir algo por ella que no había sentido todavía en su vida: amor por una persona, amor de verdad llevado al extremo que hace al universo pequeño. Y Verónica sintió amor por Sergio: un amor especial, un amor que da todo a cambio de nada y que se mantiene eternamente. Pero este amor no podía pasar desapercibido, y los rumores empezaron a hacer eco en el hospital. Todas las miradas se desviaban hacia él, y lo sabía, pero no le daba importancia y ni siquiera pensaba en ello. Siguió viéndola: le llevaba flores y recibía a cambio un cariñoso gesto o un tímido beso en la mejilla. Era tanto el tiempo que le dedicaba, que el director del hospital se reunió con él en privado para hablar de su situación: le recriminó su actitud, le recordó el juramento de su profesión, e incluso le amenazó con hablar de lo que estaba ocurriendo con sus padres, los de ella y con el Colegio Mayor dé Médicos, que podía suspenderle de empleo, sueldo y quitarle el derecho a ejercer. Sergio, completamente fascinado por Verónica, intentó convencerlo de que tenían una relación muy especial y que iba mas allá de mantener la profesión o no, pero todo fue en vano. Sus padres se enteraron y renegaron de él, los de ella lo acusaban de loco, sus hermanos se lavaron las manos y la prensa local, que se hizo con la exclusiva, lo mostró ante la ciudad como un monstruo obsesionado por una pobre defensa retrasado mental. Y por si había quedado algo por descubrir, Verónica soportó pruebas médicas que darían a conocer los posibles abusos sexuales que podía haber sufrido, dando todas negativas por supuesto.
Sergio acabó sin empleo,,sin dinero, odiado por la mayoría de los ciudadanos y criticado por la prensa sensacionalista, pero todo esto no cambió sus fuertes sentimientos hacia Verónica...
Ella, mientras, había decaído considerablemente; su repentino alejamiento de él, había hecho desaparecer la expresión de esperanza que tuvo durante su vida y se iba apagando poco a poco. Los médicos no tenían explicación alguna, sus padres sufrían constantemente y todos los que intentaban animarla, se reflejaban en los ojos llenos de furia de ella, que sentía corno la vida carecía de sentido ya. Fue trasladada a casa de sus padres, donde presumiblemente, según los médicos, moriría pronto de seguir así.
Sergio, mientras, había encontrado trabajo en un pequeño bar, situado
en un pueblo de, provincia, cercano a su ciudad. Ganaba poco dinero, pero era suficiente para pagar a un muchacho que iba a la ciudad y volvía con información sobre el estado de Verónica. Iba enterándose de su empeoramiento progresivo y en su cabeza sólo cabía una idea: volver a por ella y llevársela lejos, muy lejos... Escogió un día y ahorró dinero, ademas del que robaba de la caja para la noche que fuera a buscarla...
Verónica respiraba pausadamente en la cama: su último latido estaba cerca y todos sus sentidos se unían para ver por última vez a Sergio; empezó a ver su imagen y la vio tan clara que... ¡Si! ¡Estaba allí mismo, en su habitación! Su cuerpo agarró él alma que había estado a punto de es capar y, como si de un elixir de vida hubiese ingerido, la salud, la alegría y el amor invadió de nuevo cada milímetro de su cuerpo; tal fue la emoción, que Sergio tuvo que taparle la boca mientras le explicaba la difícil tarea que había realizado para llegar hasta allí.
El padre de Verónica, en estos momentos, llamaba a la policía seguro de que algo ocurría, ya que había escuchado ruidos extraños fuera de la casa ...
Tranquilizada Verónica, se dispusieron a salir de la habitación lentamente, muy lentamente. El pasillo estaba vacío y el silencio se hacía evidente. Poco a poco fueron avanzando, pasando frente al dormitorio de los padres hasta llegar al patio, donde se podía percibir el fresco olor de las calles y entonces pasó lo inesperado: segundos de confusión, ruidos de pasos, miradas de odio; y a cada lado de la pareja se situaron dos imprevistas figuras: el padre de Verónica y un policía que apuntaban hacia Sergio con su arma mientras le amenazaba con disparar si no soltaba a la chica; pero Sergio no estaba dispuesto a abandonarla jamás y se quedó inmóvil. En ese instante, el padre comprendió la increíble recuperación de su hija y justo cuando el agente apretaba el gatillo, cubrió con su cuerpo a la pareja abrazada. Un gran estruendo inundó el patio; Verónica permanecía con los ojos cerrados, Sergio seguía inmóvil, el padre miraba al policía, y ésta, miraba hacia el impacto de la bala en una pared después de que un milagroso y extraordinario reflejo (del cual podía ser cómplice hasta el mismísimo Dios) desviara su mano y la trayectoria del proyectil lejos de dañar a alguien.
Tras una larga conversación entre los que habían vivido este extraño suceso, llegaron a un firme acuerdo; se la llevaría con él, pero no deberían aparecer por aquella cuidad nunca más. Se alejaron de allí a toda prisa, llevándose consigo toda clase de objetos que tapara ambas caras de ser reconocidas: gafas, sombreros, mantos, etc... Cogieron el dinero guardado por él y emigraron lejos, a un país casi desconocido donde pudieron unir sus vidas, en una sola. Ignoro si tendrán hijos, o
lo que ha sido de sus vidas, pero envidio su felicidad. Me alegré de que todo hubiera acabado así, porque a veces, las cosas acaban como tienen que acabar "Todo esto me parece un sueño" decía al final de la última carta que me escribió; pero, ¿acaso no es la vida un sueño? ¿no llevamos todos un poco de humanidad de Sergio y un poco de la esperanza de Verónica en nuestros corazones? No encontré respuesta alguna .....
Fco. M. Martínez Cañadas