LA MÚSICA DEL BOLERO
Ayer, como temía, cumplió con su amenaza: me llamó y quedamos en esta cafetería. Jamás antes habíamos venido a este sitio pero lo prefirió al de costumbre.
Ya estaba allí cuando llegué; la vi, a través del cristal, antes que ella a mi. ¿Qué tiempo hacía que no nos veíamos? ¿Tres, cuatro meses?. ¡Dios aún tiemblo cuando recuerdo el perfil de su carita a través del cristal. Esa visión fue como un cañonazo que sacudió y puso del revés no sé qué dentro de mi.
Estuvo hablando y hablando, y yo mudo mirando su carita bella, como un idiota, sin hacer nada, viendo como ella con cada palabra que salía de su boquita de azúcar se alejaba cada vez más y más, en una especie de zoom imposible hacía el infinito.
Habló de lo que había hecho en todo ese tiempo, de los sitios a los que había ido, y por fin, de la gente que había conocido. Fue entonces, y hundiendo la mirada en el té cuando pronunció el nombre de él,.
De alguna manera lo estaba -esperando, pero ¡joder!, ¿acaso, deja de doler la puñalada porque sepas que te la van a dar?
Supe de sus dudas. Apeló a nuestra -su- amistad y me confesó que había acudido a mi, buscando el consejo de la persona que mejor la conocía.
Quedamos los dos un rato en silencio, ella miraba hacía la calle y yo no sabía que mirar: iba de su cara al fondo del salón, de allí al fondo vacío y sucio de mi taza de café. Así sentía, que estaba mi vida. Me levanté y sin decir una palabra fui al servicio. Allí mientras orinaba pensé en lo estúpido de mi último pensamiento- "mi vida como aquella taza de café, sucia y vacía".
Era absurdo, en aquel lugar y envuelto en el aroma de cientos de orines distintos tenía que olvidarme de todos mis sentimientos y pensar en cómo aconsejar al amor de mi vida.
¿Que si debía declararle sus sentimientos a él o esperar que él se decida? ¿Que si realmente le convenía o debía esperar a aclarar sus ideas? Al fin y al cabo -decía- lo nuestro aún está reciente.
¿Acaso no se dio cuenta que le mentí como un bellaco cuando me preguntó que cómo estaba? Una mezcla de sensaciones se confundían en mí interior.
Pensé en mi situación y me asusté -sólo al principio- cuando noté que algo en mi dejaba de ser como hasta entonces.
Cuando salí del lavabo el aire fresco de la calle me hizo ver con claridad, como cuando el viento mueve el visillo de la ventana y a través de ella descubres lo que antes solo intuías.
Avancé hacía ella con la mirada clavada en sus enormes ojos y me senté sin hacer ruido, muy lentamente. Me parecía más hermosa que cuando la conocí. Ella me sonrió y abrió la boca con la intención de decir algo. Con un gesto de mi mano la detuve y la miré como nunca antes la había mirado, el destino de dicha mirada estaba más allá de su rostro, más allá de aquel entorno físico que mis sentidos conocían a la perfección.
Las palabras acudían trompicadas del corazón a mi cerebro y de allí serenamente, con el ritmo pausado de un viejo bolero, hacía mi amada de esta forma:
Si me abriese las venas toda tú te derramarais fuera de mí. Solo de esa forma podría librarme de tu recuerdo, sacar de la paleta que tengo entre pulmón y pulmón el verde de tus ojos, el rojo de tus labios, el negro de tu pelo y de tu alma.
Quisiera no haberte conocido jamás. ¿Pero cómo desandar el camino recorrido?. Tu cuerpo está surcado por mil veredas y en todas ellas hay huellas mías.
¿Cómo ignorar el calor, el color y el sabor salado del espacio recóndito de tu sexo, amor?
No me pidas -te pedí, ¿recuerdas?- que sigamos siendo solo buenos amigos, que espere tu llamada uno de estos días para tomar un café y charlar. Más fácil me resultaría respirar solo los domingos y festivos.
Aún así -el que calla otorga- cerré los ojos y fingí no verte mientras te alejabas, cerré la puerta del que fue mi hogar durante los mil mejores años de mi vida y arrojé la llave al otro lado del horizonte; desde ese momento me tendría que conformar con pasear por la acera y mirar de soslayo la fachada.
Descubrí que me sobraba una mano, la que tu me tomabas cuando paseábamos. También descubrí que me sobraban todos los años que me restaban por vivir sin ti.
No te voy a hablar de mis noches, pero te diré que odio a las estrellas y la Luna desde que mis noches ya no son nuestras noches.
Y ahora me pides consejo. Cariño M U E R E T E.
Solté en la mesa las maracas, la bese y salí de aquella cafetería rumbo a ninguna parte, allí sería feliz.
RICARDO OCHOA DOBLAS
F I N