EL ALUMNO DEL MONTON

    Yo era un alumno del montón, como otro cualquiera. Me acuerdo muy bien de aquellos días de clase.

 

    Me levantaba casi a lo justo para ir a clase; y a trompicones, con los ojos cerrados aún, pegados por las legañas, cruzaba victorioso la puerta del Instituto .... ¿Como se llamaba?, bueno, le decía todo el mundo telegrafía y yo también, así que vamos a dejarlo.

 

    Creo que ya he dicho que era un alumno más, del montón; que como una gran parte, llegaba tarde a la primera hora. Pero no habla problemas, recuerdo que cuando esto pasaba, lloviese o no, me sentaba en mi banco favorito del patio. ¡Como me acuerdo de aquel banco!. Era de madera, con hierros negros en donde estaban grabados los nombres de casi todos mis amigos que también, como yo, solían llegar tarde.

 

    La primera hora pasaba lenta, pero allí en mí banquito me entretenía charlando, pensando o simplemente perdiendo el tiempo tontamente.

 

    A segunda hora tocaba ... ¿que asignatura tocaba?, bueno no caígo ahora, pero seguro que era una hora aburrida con aquel profesor que me tenía manía y que por eso no me aprobaba.

 

    Pues como decía, a segunda hora me tocaba ir a la cafetería a pedir cualquier cosa para apagar el hambre y la sed.

 

    A tercera hora, ¿como iba a ir a clase con la barriga llena?. Mejor salir fuera y sentarme en el bordillo de la reja frente a la entrada. Además era buena hora para salir al solecito que picaba casi siempre.

 

    ¡Las once y cuarto!, ;qué bien!. Recuerdo que me gustaba el recreo. Entonces, podía hacer lo que quisiera y sentirme libre. En el recreo, nos juntábamos tres o cuatro y partíamos hacía el paseo Marítimo, y bajábamos a la arena de la playa.

 

    Siempre se nos hacía tarde y nunca llegábamos a tiempo para la cuarta hora.

 

    A quinta hora, volvíamos a nuestro querido banco para criticar a los profesores y buscar razones para argumentar nuestros continuas fracasos escolares.

 

    Siempre había alguien que conocer en el patio, y sobre todo a quinta hora ya que era la más agobiante.

 

    Cansado de tanto patio, solía subir a clase en la sexta y última hora. Allí me reencontraba con la gente de mí clase. Como cualquier estudiante de Telegrafía esperaba cinco minutos después de que tocara el timbre, y empezaba a despertar entre mis compañeros las ganas de faltar, y entonces huíamos antes de que llegara el profesor de guardia y nos dijese que nos esperaremos.

 

    De allí de nuevo al patio, hasta las dos y media. A esa hora volvía a casa, rendido de tan duro esfuerzo en mí jornada escolar. Mi madre al llegar a casa me preguntaba: "¿que tal?, ¿tienes tarea?". Yo me enfadaba y le decía que bastante tenía ya con ir a clase como para agobiarme por la tarde haciendo tarea.

 

    Aunque no pasé de segundo, recuerdo alegremente aquellos días en que no pasé de ser... ... UN ALUMNO DEL MONTÓN.

 

José Manuel Sánchez

4º Diseño Industrial