VIII FERIA DEL LIBRO
CONCURSOS
Una nueva edición de la ya tradicional Feria del Libro.Ya vamos por la VIII edición, que no es poco, lo que indica la vitalidad y aceptación de esta actividad. Nuestras felicitaciones y ánimos para Soledad de la Blanca Barrios y todos los que colaboran con ella en la organización. Os ofrecemos, como ya es costumbre en nuestra revista, los nombres de los premiados y los trabajos ganadores de las distintas modalidades de los concursos que se convocan. Nuestras felicitaciones también para ellos.
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Educación Secundaria Obligatoria Concurso de relatos 1º premio: desierto 2º premio: Mi destino en un libro de Sarah Raposo Pelayo (3º G) 3º premio: Historias de Laura de Elena Jurado González (2º A) Concurso de poesía 1º premio: Sólo con una mirada de Verónica Vadillo Jiménez (3º H) 2º premio: Hoy te quiero decir de Antonio Caro Verdía (3º F) 3º premio: Dedicación a un amigo y Amor de madre de Sonia Rodríguez Ruiz y Araceli Escudero Ronco (3º F) |
Formación Profesional 1º premio: Los disfraces divinos de Rafael Hernández Santos (5º INF.) 1º premio: Ese maravilloso mundo de Verónica Fernández Gálvez (5º ADM.) 2º premio: Gaviota herida de Enma Rubio Barriola (3º DIS.) 3º premio: Eternidad sin paz de Paqui Pulido Ruiz (5º OPT.) 3º premio: José Antonio Braza Jiménez (3º INF.)
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RELATO
LOS DISFRACES DIVINOS
Noche de Carnaval y se encontraba perdido. Se había perdido en el bullicio, entre el sonoro grito de alegría que salía de las gargantas de la gente. El Corralón de los carros es el lugar perfecto para perderse en Carnaval, no hay en Cádiz otro sitio mejor para estos menesteres.
La velada había comenzado en la Alameda de Apodaca, se reunieron todos los amigos vestidos de guerreros escoceses para saborear un delicioso vino fino y cantar coplillas de Carnaval. Cuando hubieron llenado todos sus vasitos Rafa propuso un brindis -Que esta noche sea inolvidable. ¡Salud!-, mientras todos levantaban sus finos y se embriagaban de amistad. Estuvieron largo tiempo intercambiando risas, todos frente a la inmensidad del mar en la oscuridad, únicamente rota por la incombustible luz del Faro de las Puercas. El gran ficus vigilaba desde arriba, observando pasivo el horizonte.
Cuando la mayor parte de ellos se trababan al hablar decidieron poner rumbo al centro neurálgico del Carnaval: el barrio de La Viña. Fueron paseando a la vera de la balaustrada que adornaba la muralla, la gruesa muralla que desafiaba al mar conteniendo sus fuertes embestidas. Todos cantaban canciones que podrían parecer ridículas, pero no lo eran porque a ellos les unía y les acercaban mas entre sí. Y poco después, caminando sin prisas ni preocupaciones, llegaron a La Caleta, playa querida donde las haya, rincón salado donde los mariscadores salen a buscar el arte que se refugia en las escolleras.
Se detuvieron un momento a observar el gentío que sobre la arena estaba disfrutando de la noche, y en ese momento Rafa vislumbró un grupo de curiosos personajes que danzaban y cantaban en torno a una hoguera y de forma desconocida para él. «Serán extranjeros», pensó. Reconoció que estaban disfrazados de griegos o algo parecido, sus disfraces eran perfectos, parecían reales. Entre aquelextraño conjunto una muchacha resaltaba sobre las demás, era la mujer más bella del universo, su rostro deslumbraba los ojos de Rafa. Las mujeres de la ciudad le parecían simples y sin ningún atractivo si las comparaba con aquella chica, y es cosa difícil pues en Cádiz las chicas son verdaderamente hermosas y lozanas.
La muchacha lo miró y le sonrió. Sus amigos le llamaron varias veces, a la que hacía cinco salió del trance que le había producido la impresión al descubrir tan bello rostro y, con desazón por tener que volver a emprender la marcha, siguió a sus compañeros en dirección al Corralón.
Pasaron por el lado de otro ficus majestuoso, este le daba la mano al Hospital de Mora ahora convertido en centro universitario. Continuaron por la calle La Rosa entre empujones y obstáculos varios. Llegaron al Corralón y de repente, una inmensa explosión de ánimo y de ilusión, el vino corría como en una gran bacanal romana, los rostros desencajados de las personas sin nombre delataban la alegría encontrada, los disfraces y las máscaras ocultaban realidades anteriores. La nevada de papelillos refrescaba el ambiente regalando gozos deseados, al mismo tiempo enterraba los problemas y preocupaciones, que se retorcían en el suelo, con un estertor de muerte que no se oía gracias al sonido incontenible de las gargantas extenuadas, las serpentinas mientras tanto se enrollaban en los zapatos, queriendo unirse a la gente para desvirgar la noche.
Un desconocido ofreció vino a Rafa, este no lo rechazó, bebió con agradecimiento y devolvió la botella al personaje que ahora era su amigo. Siguió adelante internándose en esta nueva realidad que la gente formaba en común.
De pronto miró a su alrededor, buscó con la mirada en todas las direcciones posibles, ya no había remedio: había perdido a sus amigos. Un gran malestar llenaba su cabeza, sabía que no los volvería a encontrar durante toda la noche. Volvía a la realidad de todos los días. Su risa tornó en seriedad. Pensó en regresar a su casa, que no quedaba lejos de allí, y despedirse de la noche, de la felicidad, de liberar sus sentimientos reprimidos y de la despreocupación. Sin embargo, por su mente pasó una imagen que fulminó toda la desazón que le consumía, había imaginado el rostro de la chica de la playa, el semblante se le trocó en risueño y tomó la decisión de volver a La Caleta a contemplar a tan bella mujer.
Se asomó a la balaustrada y celebró que la chica no se hubiera marchado. Estuvo durante unos segundos absorto, recreándose en la hermosura de la faz de la chica, en sus rosados pómulos, en su tez blanca, en sus sinuosas formas, era la belleza en estado puro. Las palabras que se necesitaban para describir la virtud de la muchacha no habían sido creadas para el hombre, tal vez fueran palabras reservadas a los dioses. No veía a nadie alrededor, la gente había desaparecido.
Rafa agachó un momento la cabeza, volvió a levantarla y comprobó que la chica le hacía señales, le pedía que se acercara. Sin pensárselo dos veces, pero sin prisa, bajó a la arena y se acercó al extraño grupo. La chica había seguido todos sus movimientos con la mirada y cuando llegó a su altura acertó con voz queda -Bienvenido Rafa, acompáñanos en nuestro ritual-, seguidamente hizo un gesto con la mano invitándolo a sentarse a su lado.
-Así lo haré bella dama. Pero, dime ¿cómo sabes mi nombre? -preguntó Rafa sorprendido por lo acontecido, pero sin querer realmente una respuesta cierta, al mismo tiempo que se acomodaba a su lado.
-Simplemente lo sé, -se apresuró a decir la chica -no te preocupes por asunto tan banal.
Un hombre viejo con aspecto regio y larga barba blanca se dirigió a Rafa: -Seas bienvenido chico, somos los Dioses Olímpicos, yo soy Zeus el soberano de todos los Dioses.
Tras esto Rafa sonrió pensando que los disfraces eran inmejorables y que si no estuvieran en Carnaval se lo podía haber creído. El que ahora aparecía como Zeus le sonrió con complicidad y le presentó al resto de los allí presentes: -¿Ves a ese que bebe vino sin parar? Es Dioniso, tal vez lo conozcas por el nombre de Baco. Él es quien anima las fiestas, es el Dios del Vino. Fíjate en aquel que sopla con fuerza la hoguera, - señaló con el dedo a un fuerte hombre que parecía tener los pulmones de un elefante -es Hefesto Dios del Fuego. Este que posee en su espalda dos pequeñas alitas es Eros, Dios del Amor. Ese otro es Poseidón y aquel Morfeo, seguro que los conoces. Y esta a la que miras con tanto deseo es Afrodita, Diosa de la Belleza y del Amor. No hemos venido todos -terminó y se retiró acercándose a la hoguera.
Rafa quedó desconcertado. -Es un hombre extraño, -dijo a Afrodita- me gusta mucho esta historia. -Y le preguntó acto seguido -¿Alguno de ellos es tu novio?
Afrodita respondió -Lo cierto es que soy la esposa de Hefesto, es más tengo un hijo: Eros. ¿No te parece increíblemente hermoso?
Rafa observó al niño que estaba jugando con un arco y flechas que relucían doradas. -Seguro que es el niño más bello, no puede ser de otra manera habiendo sido concebido por la Diosa de la Belleza, -pero su semblante ya no era el mismo de antes, Hefesto se había convertido en su competidor.
Dioniso le entregó una gran jarra de vino de la que bebió hasta terminarla de una sola vez. Afrodita le señaló a Poseidón, que se había puesto en pie, y pudo presenciar cómo introducía un dedo en la arena, de pronto un chorro de agua salió expelido del agujero que había hecho. El agua formó un
pequeño charco, Poseidón tomó un poco de agua entre sus manos y se la ofreció a Rafa. -Bebe mortal, siente el poder de los Dioses.
Rafa no rehusó la propuesta del Dios del Mar y bebió de sus manos. -¡Este agua no está salada! exclamó atónito. No daba crédito a sus ojos, el que se hacía llamar Poseidón había extraído agua potable de la arena de una playa. Pronto dejo aquello de sorprenderle, cuando tragó el agua ya no le pareció cosa tan imposible lo que había sucedido, se sentía más elevado.
Eros lo llamó -Rafa, ¿te gustaría pasar la noche con una Diosa? -sacando una flecha afilada de la aljaba que colgaba de su hombro. Tensó su arco, puso una flecha en él, y apuntó al corazón de Rafa, sus alas se movieron. Disparó la flecha y esta fue a clavarse en el centro justo del corazón de Rafa. Este gritó de un inmenso dolor. -¡Aaahhh! ¿Qué me has hecho?
Afrodita extrajo la flecha sin más dilación, la herida se cerró de forma espontánea. Rafa volvió a sonreír, el dolor se había esfumado, pero al irse había dejado otra forma de dolor menos física. Era amor.
Afrodita pasó su mano acariciando el pelo largo de Rafa y se disculpó -Lo siento, es sólo un niño y me cuesta controlarlo. Demos un paseo por la orilla del mar.
Vio las puertas abiertas, miró a Hefesto y un temblor pasó por su cuerpo, era un hombre fortísimo. -Afrodita, tu marido me mataría-, se excusó Rafa.
Afrodita guiñó un ojo a Morfeo, el cual dio dos palmadas y todos los supuestos Dioses fueron sumiéndose en un profundo sueño iluminado por la fogata. El mismo Morfeo cayó a la arena al lado de Zeus. El Dios padre abrió un ojo y con la mano le hizo a Rafa un gesto dándole el permiso para marchar. Hefesto quedó dormido arrodillado, tan cerca de la hoguera que se olió a cuerno quemado.
La Diosa de la Belleza asió la mano del chico e inició un tranquilo paseo hacia el castillo de San Sebastián. Las olas rompían con fuerza en las paredes del caminito que lleva al castillo, las rocas vigías inalterables observaban a la tierna pareja caminando y mirándose mutuamente a los ojos.
Llegaron al puente que se encuentra junto a la puerta del castillo: el Puente Canal. La chica iluminada por la tenue y trémula luz de una farola, quitó el broche que aferraba su túnica a su cuerpo, el trozo de tela fue cayendo lentamente y fue descubriendo toda la frescura y hermosura del cuerpo de la Diosa. Cuando el vestido la había dejado totalmente desnuda Rafa no contuvo la emoción -Eres preciosa -susurró a la encantadora mujer.
En sus pechos redondos aparecía el reflejo. de la luz de la farola, dibujando sus bellas siluetas, su piel de color del alba se mostraba tersa, caliente de vida, llena de amor y vigor.
-Sígueme -dijo Afrodita saltando del puente hacia el mar, que ansioso se preparó para recoger a la más bella. Emergió del agua, entre la espuma, como renaciendo entre las burbujas que acariciaban su cuerpo, y más hermosa parecía, la más hermosa.
Rafa se desvistió y saltó al agua. La chica nadó hasta su lado y le preguntó algo cuya respuesta era evidente -¿Me amas?
Rafa se limitó a sonreír. Ella se dio por contestada. La amaba, Rafa la amaba. Tal vez Eros le había clavado una de las flechas del amor, una saeta que lo había llenado de pasión. Se abrazaron, sus labios se rozaron con hermosa ternura. Sintieron sus lenguas en sus bocas puras intercambiando el nuevo amor. Se recreó en sus pechos lozanos, acariciándolos con suavidad, retozando en el agua. Se sumergieron agarrados, y retorciéndose en el fondo del mar hicieron el amor. Rafa nunca había imaginado algo así, era el placer supremo, estaba amando a una verdadera Diosa, virgen aún en virtud, nunca olvidaría la intensa experiencia que estaba viviendo. Se sentía menos hombre, levitaba por encima de la raza humana, el éxtasis de la pasión lo consumía.
Salieron del agua y permanecieron desnudos sobre una roca cercana, abrazados, no quería soltarla, la querría por siempre.Él le dijo -No me dejes. Te quiero-. Llenándose sus ojos de lágrimas, auguraba la partida de la chica.
La Diosa lo besó y pasó su mano por los ojos del chico, secándole las lágrimas, al mismo tiempo lo consoló -No te aflijas mi amor. Sabes que siempre estaré aquí. Podrás verme siempre que vuelvas después de esto el chico había quedado dormido, soñando que ella nunca marchaba y a su lado era feliz.
Los punzantes rayos de luz del amanecer deslumbraron los ojos del muchacho, que había estado toda la noche tendido desnudo en la arena. Un pescador pasó por su lado y le entregó sus ropas Chico, ¿qué te ha sucedido? -preguntó con mucha curiosidad al ver al chico desnudo.
-He pasado la noche con una Diosa, con Afrodita. Era una Diosa de verdad, no me cabe la menor duda -respondió Rafa convencido.
El pescador lo miró extrañado y, desconfiado, decidió marcharse.
Se vistió y se levantó. Corrió hacia la playa, cuando llegó sólo vio una hoguera apagada, cenizas de una noche de pasión. En la arena encontró el broche que sostenía el vestido de Afrodita. Una lágrima resbaló por su mejilla, sabía que nunca más volvería a encontrarla, los Dioses no pueden perder su tiempo visitando a los mortales. La lágrima humedeció el broche de la Diosa. De pronto una luz cegó al chico, dirigió su mirada hacia el puente donde el amor brotó, no podía creerlo podía ver el rostro de la mujer más bella, estaba en el cielo, la veía claramente, no estaba loco.
Ahora comprendía lo que sucedía: ella siempre permanecería allí enamorada, esperando el día que él se elevara en los cielos y fuera a besarla en los labios.
Otra lágrima inundó sus ojos, estaba locamente enamorado, su corazón no resistiría tan larga espera.
CONCURSO DE POESÍA
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Verónica Fernández Gálvez
Sueño que envuelves mis ojos. Sueño que cierras todo mí cuerpo. Dulcemente acaricias mi piel; besos rojos. Y mi ser, en seda y rubíes, dejas envuelto.
Toquetea mí pelo, recoge mis pensamientos. Susúrrame música; desplázame al Edén. Abre mí mente a todo tipo de Encantamientos, llévame volando, mas no me dejes caer.
Siéntame en tu regazo y háblame al oído. Dime que es verdad que la vida es Sueño. Cuéntame historias que hayan ocurrido. Y permíteme soñar, para siempre, aquí contigo. |
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Sólo con una mirada supe que no me querías, que el amor se había esfumado sin dejar seña ni guía. Supe que todo fue un cuento que nada significaba, que mi amor sólo servía como sueño y esperanza. Supe que todo el cariño que te entregué sin palabras, tú lo habías convertido en pozo negro de escarcha que con toda mi dulzura derramada con tus pasos, |
Veronica Vadillo Jiménez
habías hecho una maraña con odio para lanzarlo, y sólo busco el motivo en los días que me queman, para entrar en tu delirio y buscar esa sirena, varada en aquella roca muy cerca de mi caleta, que tenía las ilusiones guardadas en las estrellas, y encontrar razón alguna que provocara la pérdida de aquella tenue sonrisa por una cruel respuesta. Supe que le había perdido cuando se fue la sirena. |
RELATO
MI DESTINO EN UN LIBRO...
Sarah Raposo Pelayo
Parecía una tarde cualquiera de un día cualquiera en la vida de Quino, él estaba allí en aquella cama que era su tortura desde hacía ya cuatro años desde el accidente. La tarde parecía tan aburrida como siempre, no tenía mucho donde elegir, podía ver la tele un rato, o podía observar cómo jugaban los niños del patio al baloncesto; su deporte preferido. Hasta que su abuelo llamó a la puerta y entró con aquella forma tan cuidadosa con la que siempre lo hacía; pero esta vez traía algo bajo el brazo que despertó enseguida la curiosidad de Quino.
Aquel objeto misterioso era un libro muy simple o al menos eso le pareció a él, pero su abuelo le dijo que no se dejara llevar por las apariencias, que aquel rectángulo aparentemente inofensivo podía ser un billete de avión a cualquier lugar del mundo o incluso unas piernas, ya que Quino no podía mover las suyas.
Quino estalló en carcajadas mientras su abuelo permanecía inmóvil en la butaca con su boina de cuadros negros de siempre y su blanco bigote, así que el anciano permaneció allí algún tiempo <olvidándose> el extraño libro.
Al principio Quino no le dio importancia pero después de ver la tele un rato le picó la curiosidad; cogió el libro y lo observó cuidadosamente, era de color rojo granate y tenía una inscripción en la que se leía A.V.B. Quino enseguida advirtió que eran las iniciales de su abuelo y eso le dio más suspense.
Lo abrió por la página central y comenzó a leer:
Olva era una muchacha morena de tez blanca y ojos claros, no era bonita pero encantaba a todos con sus charlas y su hermosa sonrisa. Pero una horrible desgracia había marcado su vida para siempre: sus padres habían muerto años atrás en un misterioso incendio del que tan solo sobrevivió ella. Vivía con sus tíos en una casa muy humilde a las afueras de un pueblecito. Su vida era muy triste desde entonces, pero a pesar de todo ella seguía siendo más o menos feliz, llenaba su vida de música ya que cantaba como los ángeles y ayudaba en el hospital como voluntaria.
Al menos equilibraba su terrible desgracia con alegría y buen humor...
Quino dejó de leer un instante; su pecho se había conmovido por un momento, cómo podía aquella muchacha vivir después de las muerte de sus padres, y entonces se dio cuenta de que su abuelo había escrito aquel libro para hacerle entender que la vida sigue y que uno no puede dejarlo todo porque le falle algo. En su caso eran sus piernas, en el de Olva eran sus padres, pero al igual que ella se había dado cuenta de que al tenerse ella misma podía ayudar a los demás, él tenía que ver que aún quedaba gente que quería que siguiera viviendo: sus padres, sus abuelos...
Continuó leyendo el libro hasta el final y cuando terminó llamó a su madre, una mujer de pelo claro y rostro marcado por los años, para que le ayudara a montar en su silla. Iba a bajar al patio a jugar con los demás niños y sería uno más, y así fue. Los niños enseguida le aceptaron.
Al cabo del tiempo Quino jugaba en un equipo de baloncesto para minusválidos municipal y ganaron el campeonato. Ya iba a la escuela con los demás compañeros igual que aquella niña del cuento que tanto le había enseñado. Aquella tarde también fue su abuelo como siempre pero fueron a jugar al patio que tantas tardes él había mirado desolado. Pero aquella tarde era especial, su abuelo le dio una gran noticia que esperaban hacía ya largo tiempo, quizá Quino pudiera volver a caminar con una operación que había dado muy buenos resultados en otros pacientes con su mismo problema. Había alguna posibilidad de que pudiera correr, saltar como Quino había soñado tantas veces, si pudierajugaría al baloncesto y podría llegar muy alto. La vida le había dado una oportunidad, tenía suerte, mucha más suerte que Olva, a ella no podían devolverle a sus padres y entonces se dio cuenta de que aquel libro tan simple había cambiado su vida para siempre.